Resulta evidente el progreso a la hora de monitorizar la actividad física que desarrollamos. Cada vez hay más tecnología que nos devuelve información sobre el estado de nuestra máquina. Y no, no me refiero a la máquina sobre la que damos pedales. Me refiero a nuestra máquina, a nuestro cuerpo.

Y no solo se trata ya recibir información de nuestro propio cuerpo sino de cuerpos “ajenos”. Por ejemplo, Garmin está publicando en su sitio web -enfocado a los usuarios de sus productos y para crear comunidad, cómo no- información de etapas realizadas por corredores de su equipo profesional de ciclismo en grandes vueltas. El caso más reciente, el de Ryder Hesjedal, ganador del último Giro de Italia.

Así que la información explota por todas partes. Nuestros equipos nos informan de pulsaciones, cadencia o watios de potencia. Información que cada cual recibe e interioriza… ¡de diferente manera! Porque cuando una persona recibe datos que le informan sobre su estado físico, ¿cuál es la reacción? Vale, puede servir de acicate. Pero también puede traer el efecto contrario: no hay progreso suficiente y llega el desánimo.

Comento lo anterior porque la web social es, desde luego, lo que ha favorecido la explosión en el manejo de datos. Como comentábamos en un artículo anterior, por aplicaciones para smartphones, por ejemplo, que no quede. Las hay cada vez en mayor número. Permiten captar información real y distribuirla casi al mismo tiempo. El mundo se llena de más y más datos y quienes practican una actividad física pueden socializar al instante sus resultados. Mola, ¿no? Bien, pero tiene su lado oscuro.

¿Qué fue de las sensaciones? ¿Quedaron ocultas tras estas toneladas de información “real”? Nuestra percepción es vital para tomar decisiones. La tecnología es un apoyo. Pero la carrera por disponer de más y más información, ¿no le hace perder un poco de gracia a la práctica? Claro que esto lo dice uno que no sabe salir al monte con la bici sin su pulsómetro 😉